"Aquel viejo dicho de 'Castilla hace sus hombres y los gasta', en el que se pretendió simbolizar la abnegación y el desinterés castellanos, apenas si conserva hoy algún sentido, puesto que la Castilla desangrada de esta hora está resignada a hacer sus hombres para que los gasten los demás"
Miguel Delibes, 1979

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La insolidaridad castellana (1934)

*Artículo de Óscar Pérez Solís recopilado por el perfil de Facebook 'Imágenes de Castilla', publicado en "El Día de Palencia", nº 13960, 7 de septiembre de 1934 

De vez en cuando se alzan en Castilla voces que claman por una vida castellana robusta y enérgica. A veces, la voz clamante se dirige, pidiendo pareceres, a unos cuanto hombres más o menos representativos de Castilla. Contestan casi todos (muy bien, por regla general), y el clamor y las consultas no dan el menor resultado práctico. Por aquí, todo suele quedar en “verba et voces”. Si acaso, rebulle un poco la gente en cuanto el trigo no se vende o baja de precio. He llegado a preguntarme si toda la enorme significación de Castilla se habrá achicado hasta el extremo de que no pase de ser una cuestión cerealista.

Y es caso es que ni para esa cuestión hay unidad de acción en Castilla. El país debiera levantarse unánime en defensa de la producción que se le ha dicho, con endiablada torpeza, que es el cogollo de su vida. Pero la unanimidad no se percibe, a menos que el silencio de casi todos lo interpretemos como adhesión a la protesta de unos cuantos, en lo que tal vez no andemos desencaminados. Porque aquí lo general es el silencio y, cuando más, ir a lo Vicente detrás de los pocos que, no siempre por puro y desinteresado amor a Castilla, llevan la voz cantante.

Esta falta de acción se ha interpretado por algunos como una señal de estoicismo y serenidad. Aquí somos muy estoicos, aquí somos muy serenos, muy ecuánimes, muy sensatos; pero todo el mundo nos gana la partida, y después todo se vuelve hablar de las injusticias que se cometen con Castilla. Sin duda no son pocas; pero ¿a quién atribuírselas? Si contra ellas no reaccionamos más que con quejumbres, y para prevenirlas nos estamos cruzados de brazos ¿será irritante decir que nos las tenemos merecidas? De ello se aprovechan los filibusteros de Vasconia y Cataluña, a los que en Castilla se les da el cincuenta por ciento de facilidades para que se salgan con la suya, como si no fuera nada con nosotros hasta que tenemos encima el estacazo, pues maniobran sin tener un contrario que les estorbe.

La culpa de que esto ocurra es de todos; pero especialmente de los castellanos que con mejores o peores títulos (no suelen ser muy legítimos) no hacen nada positivo, como no sea exhibir un castellanismo de lance cargado de literatura, cuando no de intenciones políticas, para emprender la campaña interior que está haciendo falta en Castilla: la campaña contra la insolidaridad en que aquí se vive y de la que hay muestras a porrillo, desde la que nos ofrece el espectáculo de unos productores que se resisten como fieras a organizarse para la vida económica hasta la que nos brindan muchos castellanistas de pan llevar que, cuando sacan el Cristo de una nueva Castilla, lo hacen con un mezquino espíritu de corrillo, de tertulia, de grupito, con mucho cuidado de apartar a cuantos no sean de la cuerda, como si de lo que se tratara (y de esto se trata muchas veces) no fuera el resurgimiento de Castilla, sino su acaparamiento por algunos de los “clanes” políticos que todavía (¡y lo que te rondaré, morena!) ponen su política, o lo que sea, por encima de todo.

Con unos fines todo lo antipáticos que se quiera, en Vasconia y en Cataluña se ha ido desarrollando, hasta llegar a tener fuerza para perturbar profundamente la vida española, un espíritu de solidaridad que lleva todas las de ganar frente a la insolidaridad castellana. El País Vasco y Cataluña, con todas las divisiones y querellas internas que puedan tener y tienen, son unidades de acción para lo propio y hasta para lo ajeno. Es el secreto de sus victorias y también de las derrotas de Castilla, donde unas provincias miran de reojo a otras, donde si un grupo local dice blanco el contrario se cree en el deber de decir negro, donde cada cual tira por su lado, donde incluso se da el caso peregrino de que cando se habla de ir a una acción regionalista salga un señor diciendo que el regionalismo castellano es un contrasentido. Eso, eso, nada de regionalismo; por el contrario, cantonalismo, taifas, pulverización regional, lloriqueos, quietismo, culto al Estado-providencia (oficiando de sacerdotes de ese culto, como es natural, los políticos “castellanos) y Castilla cada vez más afónica y paralítica.

Hace no mucho tiempo, tuve la ocurrencia, acaso un poco descabellada, de hacerme una ilusión; la ilusión de que en cada capital castellana pudiera encontrarse una docena, o menos, de hombres de buena voluntad, dispuestos a dar de lado a querellas políticas, a entenderse con lealtad para coordinar y poner en marcha un programa mínimo de acción castellana (que, por supuesto, no se redujera a dar vueltas a la noria de los precios del trigo y de la remolacha) y a ejercer, con expresa renuncia de toda aspiración política personal, un apostolado que tuviera como norte la incorporación progresiva del pueblo castellano a unos ideales concretos y a unas normas de organización regional.

En honor a la verdad, como aquella ilusión no ha podido ser aquilatada en la prueba de la práctica, no me atrevo a decir que pudiera tener felices resultados. Desde luego, nadie hizo caso de ella, lo que personalmente no me duele lo más mínimo, pues he llegado a unas alturas de la vida en que los éxitos me tienen completamente sin cuidado. Pero sigo pensando que valdría comprobar lo que en esa idea puede haber de acierto. ¿Quiere recogerla alguien? Me temo que no. Porque aquí sabemos divinamente poner como hoja de perejil a vascos y catalanes; pero aún no se nos ha ocurrido imitar nada de lo bueno que han hecho, y, por consiguiente, hablar de una solidaridad castellana puede que sea tan inútil como pedir peras al olmo. Y ahora se me ha ocurrido pensar que, así como en otros tiempos se decía que Castilla hacía los hombres y los gastaba, ahora pudiera decirse que Castilla no puede deshacer hombres porque los suyos se han empeñado en gastarla a ella. En gastarla o en deshacerla, que viene a ser lo mismo.

Óscar Pérez Solís (1882-1951), político y militar español

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