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El castillo de Mombeltrán: la fortaleza del barranco

El Valle o Barranco de las Cinco Villas es uno de los valles meridionales de la Sierra de Gredos en la Trasierra de Ávila que se extiende longitudinalmente desde su entrada en el pueblo de Ramacastañas (anejo de Arenas de San Pedro) hasta la salida del valle al norte por los 1.395 metros de altitud del puerto del Pico. Es comprensible que el valle haya constituido en sí mismo un camino desde tiempos muy remotos. Vettones, romanos, visigodos, musulmanes y, desde el siglo XI, castellanos, han transitado por este camino natural que comunica el sur y el norte peninsular. En los siglos XIII y XIV la trashumancia convertirá esta zona en lugar de paso obligado que comunica las dehesas de las fronteras situadas en los extremos (La Mancha y Extremadura) con las sierras que constituyen los agostaderos del ganado.

El interés nobiliario por el montazgo impulsará la concesión de las cartas de villazgo y que aldeas como El Colmenar de Pascual Peláez (también llamado Colmenar de las Ferrerías y hoy Mombeltrán) se segregaran de la poderosa Comunidad de Villa y Tierra de Ávila.

El puerto del Pico es uno de los pasos naturales que mejor sirven para poner en comunicación las tierras altas de Ávila con las de Toledo y Extremadura, es decir, entre las dos submesetas castellanas, y además es una encrucijada de caminos al pasar por él también el sendero de gran recorrido GR-10, que recorre Gredos en la dirección W-E. La villa de Mombeltrán se sitúa en la zona central del valle ocupando una posición estratégica. Es ésta la razón (el ser lugar de paso casi obligado) por la que el valle ha estado habitado desde épocas muy antiguas.

El rey Enrique III el 14 de octubre de 1393 concede cartas de villazgo a El Colmenar (Mombeltrán) segregando tu término del alfoz abulense, al que había pertenecido durante más de trescientos años desde la reconquista de estos territorios y su posterior repoblación. Lo mismo hizo con los demás territorios de la Trasierra de Ávila, organizados en los nuevos señoríos de La Adrada, Navamorcuende, Plasencia, Candeleda, Arenas de San Pedro y el ya referido de El Colmenar de las Ferrerías. En el caso de este último, se desligaron todos los lazos de relación y vasallaje que le unían con la ciudad de Ávila (exceptuando claro está la diócesis, que no sufrió modificación), y entregándolo a su camarero mayor Don Ruy López Dávalos, que será posteriormente Condestable de Castilla.

La casa de Alburquerque tiene su origen en la Corona de Castilla y su nombre proviene del ducado del mismo nombre, título de carácter hereditario que Enrique IV entregó a su valido Don Beltrán de la Cueva el 26 de septiembre de 1464, como una de las mercedes con las que el monarca le premió a cambio de su renuncia al Maestrazgo de la Orden de Santiago. Recibe la villa de El Colmenar con sus aldeas anejas, villa a la que, por cierto, cambió su nombre por el de Mombeltrán (1462) con la autorización expresa del rey.

Don Beltrán, que como titular ya percibía todas las rentas, pechos y derechos inherentes al dominio señorial, impuso a sus vasallos nuevas contribuciones y prestaciones personales, pero sobre todo enriqueció notablemente su patrimonio gracias al cobro de las tercias y alcabalas de Mombeltrán y su tierra, así como de los derechos de servicio y portazgo que pagaban los ganados trashumantes en el paso de Arroyo Castaño al cruzar el puerto del Pico; mercedes todas ellas graciosamente concedidas por Enrique IV y confirmadas posteriormente.

La fortaleza de Mombeltrán se construye por orden de Beltrán de la Cueva y su plazo de ejecución transcurre entre 1462 y 1474, aunque parece que no fue habitada hasta 1480. En 1462 el rey expide una cédula en la que ordena que la villa de El Colmenar se llame en adelante Mombeltrán. Parece ser que en el lugar donde hoy se levanta el castillo hubo anteriormente una torre-fortaleza o una especie de atalaya fortificada. Puestos a hacer conjeturas podría pensarse que pudiera haber existido alguna torre defensiva, y que posteriormente hubiese formado parte del castillo que hoy conocemos y cuya propiedad podría atribuirse a Ruy López Dávalos.

El castillo se construye en un altozano estratégico, en suave declive hacia el pueblo y despeñándose por el sur hacia el río Vita, afluente del Ramacastañas, desde el cual se divisa todo el valle. Este altozano se sitúa en las afueras del pueblo separado por lo que entonces se llamaba el sitio de La Cebada, hoy conocido por el jardín de La Soledad. Para las obras del castillo se destinaron las rentas del montazgo obtenidas en Arroyo Castaño. También fue necesaria la aportación obligada de los vasallos. Los vecinos del pueblo tuvieron que trabajar en el transporte y acarreo de las piedras y los distintos materiales utilizando sus propias carretas, lo que generó conflictos entre el duque y sus vasallos.

Don Beltrán de la Cueva, primer duque de Alburquerque, levanta la fortaleza no sólo como baluarte de contención para los que pasaran el puerto de El Pico o se aproximaran desde Toledo o Extremadura con intenciones belicosas, sino también como mansión aseguradora de sus dominios. El castillo nunca conoció acciones guerreras y en este sentido es una empresa frustrada, aunque sí estuvo bien pertrechado durante la Guerra de las Comunidades. El historiador abulense Gonzalo Martín García cuenta que el segundo duque de Arburquerque, Francisco Fernández de la Cueva, amenazó con abrir fuego de artillería desde el castillo contra los alcaldes y vecinos alzados en comunidad que se reunieron en la puerta de la iglesia parroquial. Estos hechos, y dada la definitiva derrota de las Comunidades Castellanas ante el poderío del ejército imperial, serían utilizados varias décadas más tarde en ciertos pleitos entre el señor y los villanos que se produjeron ya en el reinado de Felipe II, según Gonzalo Martín García. Volviendo al castillo, durante siglos fue habitado esporádicamente por los duques de Arburquerque. La cosecha de vino que se recolectaba en la dehesa anexa se almacenaba en las cuevas, aún hoy existentes, adjuntas al castillo.

El cuerpo central de la fortaleza y la falsabraga o liza fueron construidos por Don Beltrán de la Cueva. A esta etapa pertenece la torre del homenaje, de planta similar a la del castillo de Pioz (Guadalajara), circular a extramuros y angular a intramuros, con una cámara interior octogonal y un pilar central que soporta la bóveda. A una etapa posterior, hacia el primer tercio del siglo XVI, quizás por orden del segundo duque Francisco Fernández de la Cueva, corresponde la antepuerta adosada al lienzo norte de la barrera, cuyo acceso está flanqueado por dos borjes dotados de las mismas troneras de palo y orbe que ya aparecen en los merlones y antepechos de los adarves y terrados, tanto en el cuerpo central como en la barrera. Precisamente a esta barrera o falsabraga se le adosó exteriormente un alambor de corto releje que alcanza las tres quintas partes de su altura, supuestamente para reforzarla contra los efectos de la pirobalística, el cual está recorrido por una manga perimetral (sotierra) que evidentemente debilita considerablemente el mencionado alambor.

Algunos especialistas ponen atención en la falta de remate de la torre del homenaje e indican que la obra no llegó a terminarse. Parece más lógico pensar que la torre sufrió el desmoche de sus defensas en virtud de las ordenanzas promulgadas por los Reyes Católicos y el cardenal Cisneros por la amenaza que las fortalezas representaban frente al poder real por parte de los señores feudales.

Años más tarde se procedió parcialmente a su desescombro cuyos restos pueden apreciarse en el paseo de ronda o liza al pie de la torre del homenaje.

Si nos fijamos en los escudos que adornan la parte superior de la torre nos daremos cuenta, viendo la similitud en cuanto a la altura a la que están colocados en las demás torres, de que la torre del homenaje fue aproximadamente cuatro metros más alta que en la actualidad.

El pensamiento estratégico para la construcción de la torre es el de una unidad defensiva independiente dentro del recinto del castillo, para aislarse en caso de crisis. La eventualidad de una irrupción en la torre por parte de los sitiadores se prevenía con sistemas de pisos y escaleras de madera desmontables para impedir la subida. Las bóvedas se limitaban con frecuencia a las plantas baja y última, como precaución antiincendios. Si observamos detenidamente la torre del homenaje del castillo de Mombeltrán, y a pesar de alguna “modificaciones” poco afortunadas acaecidas a lo largo del tiempo, podremos reconocer muchos de los elementos anteriormente descritos. El castillo de Mombeltrán se ha atribuido al arquitecto Juan Guas, especialmente por el parecido de los canecillos del almenaje con los del castillo de Manzanares el Real (Madrid).

Desaparecido en el siglo XIX el régimen señorial, desapareció también la potestad del duque de Alburquerque sobre la villa de Mombeltrán, pero éste conservó, junto con algunas tierras, la propiedad plena del castillo. Hasta 1936 tuvo condiciones de habitabilidad. Hoy, sin embargo y por desgracia, es una ruina interior. Los villanos han observado el progresivo deterioro de la fortaleza que ellos mismos construyeron soportando impuestos leoninos y acarreando piedras y otros materiales durante años. Siglos después estas construcciones aguantan como pueden el paso del tiempo, el abandono por parte de sus titulares y la indiferencia de los habitantes del pueblo motivada por la falta de información acerca del lugar que les vio nacer. No olvidemos que tenemos un deber de conservación y mantenimiento cultural, como forjadores del futuro, y estamos obligados para con nuestros descendientes a transmitirles la herencia íntegra, conservada y si es posible, enriquecida.

Entendemos que ya es hora de que se tome conciencia, se elabore y acometa con decisión un plan director que se adecue al estado de conservación de la edificación con el objetivo de proporcionarle un uso adecuado, que garantice el mantenimiento futuro del bien patrimonial. Un buen ejemplo en este sentido que atañe a otro castillo en manos privadas es el de Belmonte (Cuenca), cuya rehabilitación y buena gestión no ha hecho más que beneficiar tanto a los propietarios como a esa villa manchega. Las fortificaciones son un testimonio vivo y fundamental de la memoria humana.

José Luis Martín Tejero
José Ignacio Martínez González