"La bandera de la Rioja no tiene que ser creada ni inventada. Tiene más de mil años de antigüedad. Es el pendón rojo carmesí con un castillo de oro. Es estéril inventar una bandera cuatricolor, sustituyendo a la verdadera de Castilla o lo que es lo mismo, de la Rioja, por la imaginada a gusto de un día, hija del capricho y de la moda, sin base tradicional"
José María Codón, 1980

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Poema XXXVIII: La Caballada de Atienza

Recogemos aquí el 38º poema que nos ha facilitado el escritor alcarreño Juan Pablo Mañueco de una colección lírica dedicada a Castilla.

Desde estas líneas queremos agradecer su inestimable colaboración para difundir la cultura y la dignidad de Castilla, en este caso en forma lírica.

La caballada de Atienza

A Jesús Moreno, amigo, y Juan Carlos Castel, amigo y atencino de pro.

Invocación

Oh, Tú, Señor poderoso,
Padre que en el cielo estás,
que hiciste el cielo y la tierra
y al tercero hiciste el mar,

dame fuerzas porque pueda
contar bien este cantar
que al pie de tan fuerte peña
hoy me dispongo a trovar.

Bajo un navío de piedra
nace mi canto a cantar,
estremecimiento en roca
otro nombre es del lugar,

y por primero el de Atienza,
alta quilla de volcán,
torre altiva de homenaje
a punto de navegar,

según de agudo se encumbra
del castillo el tajamar
y más cuando brama el viento
y truena la tempestad,

pues el relámpago alumbra
su esclarecido flotar
sobre las nubes, que rompe
este barco triangular.

Ya que esta roca pusiste
para torre hacer bogar,
dame fuerzas porque pueda
contar bien este cantar.

Antecedentes: la muerte de dos reyes

Era agosto de aquel año,
mil cien y cincuenta y siete,
cuando los heraldos cuentan
la muerte de Alfonso VII.

Según estaba pactado
cuando aconteció su muerte,
se han repartido sus hijos
los dos reinos como reyes.

A Sancho, el hijo mayor,
le ha dado el reino más fuerte,
y a Fernando, el rey segundo
León le da, y el oeste.

Pero Sancho, el castellano,
rey va a ser bastante breve,
que en el agosto inmediato
Sancho III, igual, muere.

Se ha quedado, así, Castilla,
sin que por ella alguien vele,
a merced de sarracenos
o quien la cace en sus redes.

Al frente del reino queda
niño de tiernos laureles,
cuenta con tres años sólo
que, en parto, madre perdiere.

Pronto los reinos vecinos
en su reino se entrometen.
También nobles castellanos
pupilo suyo lo quieren.

Dispone de más derecho
el ya anciano don Gutierre
Fernández de Castro, que ayo
del niño nombró el rey breve.

Pero tal acatamiento
los Lara ya no lo quieren
y don Manrique de Lara
ha puesto en guardia sus huestes.

Oh, Tú, Señor poderoso,
Padre que en el cielo estás,
que hiciste el cielo y la tierra
y al tercero hiciste el mar,

y que en esta roca atencina
una torre ves bogar
dame fuerzas porque pueda
contar bien este cantar.

Rivalidad entre los Castro y los Lara

Sangrienta rivalidad
entre los Castro y los Lara,
ennegreció durante años
todas tierras castellanas.

Tembló de aflicción la noche
de espina y lanza erizada,
los robos y los saqueos
y muertes que a muertes llaman.

Ferozmente se combaten
el clan Castro y el clan Lara,
y al final pasó el rey niño
a don Manrique de Lara,

que de este modo ejerciese
la regencia castellana,
con el poder de su arrojo
de su lanza y de su espada.

Mas ni así disputas cesan,
que si el niño lo reclaman
los Castro, rentas reales
se las exigen los Lara.

Pero el fuego doloroso
iba a extender más su zarpa,
porque los Castro, burlados,
al rey de León lo llaman.

Que se encargue de tutela
de esa tan tierna llama
que es Alfonso, el rey infante,
regia raíz, mas temprana.

No quería el rey Fernando,
que ese fuego le quemaba,
mas los Castro ya le insisten
por odio contra los Lara.

Y, al fin, aceptó Fernando
de los Castro la llamada.
¡Ay, qué será del rey niño,
que, aunque niño, ya reinaba!

¡Ay, qué será del rey Alfonso,
huérfano de seis añadas,
si su tío el rey Fernando
ha iniciado cabalgada!

La penumbra de la guerra
ha ensombrecido las casas.
El sol se oculta temprano.
Luna en harina se baña.

El Rey de León entra en Castilla y formula una inadmisible demanda

Oh, Tú, Señor poderoso,
Padre que en el cielo estás,
que hiciste el cielo y la tierra
y al tercero hiciste el mar,

ya que el peñasco de Atienza
quieres hacerlo bogar
dame vientos con que pueda
esta historia costear.

Con auxilio de los Castro,
de Burgos se apoderaban
las huestes del rey Fernando,
y toman más villas y plazas.

Ante tan poderosa hueste
hasta Manrique de Lara,
aunque no quisiese hacerlo,
a fuerza se acomodara.

Han pactado el entregarle
-aunque no de forma clara-
al niño, orillas del Duero,
en una iglesia soriana.

Mil ciento sesenta y tres,
el sol ya reverberaba,
sobre las nieves que abril
de Soria ya desterraba,

cuando Fernando II
con su compacta mesnada
en la ciudad que ama el Duero
hacía soberbia entrada.

Reunido el Concejo de esa
hermosura castellana
el de León pide el niño
vasallaje le jurara.

Por ocasión tan solemne
y petición desusada,
algo allí iba a ocurrir
que fuese digno de fama.

Ante el Concejo soriano,
cuando Manrique de Lara
ante el de León al niño
de su mano le llevara...

rompió a llorar rey Alfonso
cual sólo un niño llorara,
y para sosegarlo hubo
que sacarlo de la estancia.

La penumbra de la guerra
planea aún por las casas.
El sol se oculta temprano.
Harina a luna la baña.

No se corta la luz del alba

Oh, Tú, Señor poderoso,
Padre que en el cielo estás,
que hiciste el cielo y la tierra
y al tercero hiciste el mar,

ya que esta roca de Atienza
sabes hacerla bogar
dame fuerza porque sepa
estos hechos navegar.

Al rey niño lo han sacado
un instante de la sala
para darle de comer algo
y que su llanto calmara.

Pero pronto el rey tendrá
que retornar a la cámara
donde el leonés, su tío.
vasallaje le demanda.

¡Cómo pudiera pedirse
que corte su luz el alba,
cómo pedir que no luzca
su redondez la manzana!

Pronto el leonés se inquieta
y da señales de alarma,
porque el niño no retorna
a su presencia, en la sala.

Pedro Núñez lo ha llevado,
a orden  del señor de Lara,
en un caballo que ya corre,
galopa tierra soriana.

A San Esteban le portan
de Gormaz, fuente muy clara
junto al Duero, que lo besa
y luego sigue su marcha.

El leonés a Manrique
lo sucedido reclama,
y don Manrique asegura
de la fuga saber nada.

Pero llega a San Esteban
su hermano Nuño de Lara,
con la misión de amparar
la pura lumbre del alba.

A la mañana siguiente
de allí al rey niño lo saca
para llevarlo hasta Atienza,
más fuerte y más enriscada

¡Dos anillos en canto ruedan
por villa tan bien murada,
cantan cantos de las piedras
dos muros con voz muy alta!

La penumbra de la guerra
planea aún por las casas.
El sol se oculta temprano.
La luna de harina es masa.

Comienza el cerco de Atienza

Oh, Tú, Señor poderoso,
Padre que en el cielo estás,
que hiciste el cielo y la tierra
y al tercero hiciste el mar,

ya que este cantil de Atienza
sabes hacerlo remar
dame fuerza porque pueda
este canto pilotar.

Niega Manrique de Lara
ser traidor ni desleal
por impedir vasallaje
de su señor natural.

Medidas contra él no toma
Fernando, aunque hizo ademán,
pues en cierta forma aprueba
esta forma de pensar.

Hasta Atienza ya ha mandado,
a sus huestes enfilar,
siendo una peña muy fuerte
ellos la someterán.

Pero atencinos no son
hornos donde hornear
pan de miedo, pan de espanto
pan que se pueda asustar.

Aunque tropas de Fernando
les comienzan a sitiar
que el rey niño no lo entregan
a emisarios les dirán.

La colina puesta en pie,
alta quilla de volcán,
y el castillo sobre roca
más alto que el huracán.

Al ver el rey el navío
de piedra qué alzado va,
a sus ejércitos manda
que se apresten a acampar.

Hasta la peña de Atienza
refuerzos no han de llegar,
la tan aérea villa
por hambre la ganarán.

Sus tropas ya se despliegan
por murallones guardar,
toda puerta fue sellada.
Anchos ojos velarán.

La penumbra de la guerra
planea aún por las casas.
El sol se tapa los párpados.
Luna a la harina se abraza.

Diálogo entre Atienza y Fernando II

Oh, Tú, Señor poderoso,
Padre que en el cielo estás,
que hiciste el cielo y la tierra
y al tercero hiciste el mar,

ya que este risco de Atienza
está a punto de zarpar
dame fuerza con que pueda
singladura relatar.

Ya hasta la Tithya arévaca
o Al-Titia, la musulmana,
tropas del rey leonés
han llegado a la muralla.

A Atienza, la peña fuerte,
a Atienza, la bien guardada,
cuyos cabellos le peinan
altas guedejas rizadas

de piedra. Son con orgullo
muro, tras muro, murallas.
Sobre el cerro roca pura;
sobre la roca, la barca.

Han dicho los mensajeros
al pie de las piedras albas:
-¡Entregadnos al rey niño
y evitaréis la batalla.

Si no, el sol será penumbra.
Saldrá la luna harinada
y de Atienza no quedase
erguida ninguna casa!

Pero ya los atencinos,
que a Roma la rechazaran
cuando sus trenzas de piedra
eran ciudadela arévaca,

han dicho a los invasores
de sus recias barricadas:
-El rey niño aquí no llora,
el rey niño no se marcha.

-Nadie vendrá a responder
las nocturnas llamaradas.
Ni las que durante el día
hacéis, lumbres ahumadas.

Nadie vendrá a ayudaros,
ni viendo la noche en llamas,
ni entre las nubes notando
vuestras señales tiznadas.

-Si nadie ve nuestro fuego
de esta altanera atalaya,
sí vendrán en nuestra ayuda
nuestras duras piedras blancas.

El rey niño aquí no llora,
el rey niño no se marcha.
Volveos a vuestras tierras.
¡No se corta luz al alba!

¡Ay, cómo hacer que la nave
su quilla la ponga en danza,
y que sobre las praderas
su tajamar taje pampas!

Si por remos se moviera
todo atencino remara.
Mas la osamenta del barco
amarrada está a su falda.

¡Ay, cómo de cabellera
por rocas enmarañada
puede salir sin combate
una rosa tan preciada!

Exponen el plan de fuga

Oh, Tú, Señor poderoso,
Padre que en el cielo estás,
que hiciste el cielo y la tierra
y al tercero hiciste el mar,

ya que el picacho de Atienza
quieren hacer encallar
dame fuerza con que cuente
si se pondrá a navegar.

Reunidos los atencinos,
tratan en Concejo Abierto.
Desechan salida bélica
que intente romper el cerco,

muy numeroso el racimo
de los contrarios guerreros,
y mucho mejor armado,
con armas sin sentimiento.

Resistir y perecer
también es cuestión de tiempo.
¿Cómo al sigilo acudir?
¿Y quién rasgará ese velo?

Atienza, de comerciantes
transportistas y de arrieros
es tierra. Siempre lo ha sido.
Famosos son sus recueros.

Cofradía poderosa
forman en Atienza arrieros
y han decidido asumir
ellos solos todo el riesgo.

¡Si volaran las zancadas
como ojos proyectan vuelos
por dos ventanas abiertas
lo sacarían arrieros!

Pero los lagos de luz
han de pisar el terreno,
de tal modo realista
son de pensar los arrieros.

Su plan ante los reunidos
en el popular Concejo
derraman como aire limpio
comisionados recueros.

-Hágase como decís,
ha respondido el Concejo,
hágase como decís.
Cuando alumbre el sol los cerros.

Tomad el clavel del niño
que es de libertad el fuego.
Y florecerá esta vez
por vuestras manos, recueros.

Centinelas: topacios amarillos somnolientos

Nadie ama la libertad
como la amara un arriero
y aún más la madrugada
cuando a muralla abren lienzo.

Pascua de Pentecostés
fines de mayo los tiempos,
mil y cien sesenta y tres,
propio es un viaje en arrieros.

La luz rosada del alba
despunta por entre cerros.
Por la puerta de San Juan
comienza a salir viajeros.

Atada recua de mulos
por las testuces sujetos.
Unos los montan los rústicos
capote pesado envueltos.

Cargados, otros los llevan
del ronzal prieto, los dueños.
¡La procesión mercadera
sombras son aún con sueño!

A la vez que a los vigías
luz rosa que prende el fuego
del sol les muda en topacios
amarillos somnolientos.

El caporal de la guardia
se ha acercado a los recueros.
Gente de paz que se marcha.
¡Menos brazos habrá dentro!

El paso ya les franquea,
que mayo porta en sí, impreso,
que caminos de Castilla
lleven huella de recueros.

¡No saben los leoneses
que bajo capotes gruesos
uno de ellos lleva oculto
un niño en traje de arriero!

Un limón exprime su zumo sobre el castillo

La penumbra de la guerra
parece que ya se calma,
mientras sol sale temprano.
La luz es tenue, harinada.

Si los soldados dormitan,
aún en países sombríos,
Atienza, la bien guardada,
cuenta astros en fuego vivo.

Que nadie en la larga noche
dentro de Atienza ha dormido;
el corazón, palpitante
y los ojos, refulgidos.

Ahora que ven marchar,
con recua de amor, al niño,
la rosa dobla su rojo
resplandor de pétalo herido.

Pero a luz que ya clarea,
la recua toda ha salido,
el caporal de guardianes
la sospecha ha concebido.

¡Oh, guitarra de la duda
que su corazón ha oído,
cúanto mejor tiempo fuese
a otra hora hubieras tañido!

Pero la guitarra pulsa
también a arrieros sonido,
cuando llegan a una ermita
les avisa del peligro.

Dos kilómetros de Atienza,
Virgen de Estrella es el sitio,
ven recueros que tras ellos
riesgo en corcel ha salido.

Galopan ya los guardianes
como centauros fatídicos,
pero tunantes recueros
ardid  traían urdido.

Junto a la ermita, las recuas
han rodeado el recinto
y por detrás de la misma
los más raudos, con el niño,

sin que nadie les notara,
presto galope, se han ido.
A la Virgen de la Estrella
han sacado de su nido,

la festejan con sus cantos
y tornean con sus pinchos
y sus varas arrieriles,
como lanzas, meten ruido.

Al castillete de proa,
lo más alto del castillo
el sol ya le ha dado el tono
de un limón amarillo

cuando la cabalgata
de caballos con el niño,
tras un recodo que oculta,
de sus rayos ha huido.

Cabriolas ante la ermita

-Guíanos, barco en llanura,
rompe cotas, tú, navío,
porque aún montes y valles
han de cruzar atencinos.

Así que se van diciendo
mientras vuelan por caminos.
Espolean más las ganas
de llegar presto a destino

en una fresca mañana
del aún no nato estío.
El pan de la prontitud
alimenta a los equinos.

-Vamos a lejanas tierras,
a acostar al sol, dormido,
porque encuentre paz en ojos
y refugio el regio niño.

Mientras tanto, centinelas
en la ermita. Y a su ruido
ven a los arrieros hacer
cabriolas, preces y mimos.

Cabriolas cuando demuestran
con sus caballos dominio
o cuando retan carreras
por nombrar mejor equino.

Preces que dan a la Virgen
antes de emprender camino.
Y mimos que a sus monturas
saben decir al oído.

¡Ya incendia en azul el cielo
turquesa aún, desvaído,
ya creen que sus compañeros
trecho largo habrán corrido!

Ponen fin a sus carreras
el polvo se ha detenido;
el campo glauco se queda
de trigo, espliego y tomillo.

Los soldados leoneses
nada extraño aquí lo han visto,
y les dejan partir ya,
tras hacer algún registro.

Al cabo de siete jornadas, Ávila

Al poco, ya sí se juntan
con los más adelantados.
Lejos ha quedado Atienza,
ambos grupos se han juntado.

Por detrás, el castillete,
navío en roca varado,
se ve, entre olas de cantueso,
de romero y brezo blanco.

Mar todo en jara y aliaga,
olmo, tejo y avellano
y en trigales verdeando
al verde triunfo de mayo.

Van luego en valles terrestres
a las estrellas mirando,
que si los días cabalgan
las noches van cabalgando.

Racimos de luces son
las estrellas, rutilando,
espumas blancas que trotan
encima de los caballos.

Por el valle del Henares
han esparcido sus pasos
y por las sierras distantes
donde no sean hallados.

Las nubes sobre ellos pasan,
harinas de algodón cano,
que sobre el árbol del cielo
van amasando sus granos.

Al cabo, siete jornadas
con el regio niño al lado,
hasta Ávila ya que llegan
quienes traen a Alfonso Octavo.

Que el rey es quien han traído,
reina desde los tres años,
le conocen por Alfonso
y su ordinal, el octavo.

Ávila leal le es, Ávila
de los leales, tan largo
pétreo muro de pétalos
que disuade al rey Fernando

de seguirle por las rutas
que Atienza sí ha cabalgado.
Pues nada tan vulnerable
que tropa en terreno extraño

careciendo de pertrechos
ni habiéndose avituallado,
y bien ganándose el odio
de los pueblos saqueados.

La boda del reyecito y la princesa tan blanca

La penumbra de la guerra
ha roto sus siete capas.
¡Dios, qué ascua en brillo es la paz!
La luna y la harina bailan.

¡Qué lumbre tan reluciente!
¡Qué hogar brillante esa llama
donde luna, harina y sol
a son de centellas danzan!

Este niño rey Alfonso
será rey el de las Navas
de Tolosa, que combaten
los reyes de toda España

y cruzados europeos
contra fuerzas musulmanas,
que desde aquí periclitan
su gran poder en España.

Mucho antes de este combate
a Cuenca también ganara,
con que línea del Tajo
ya siempre consolidara.

Rey fue desde los tres años,
mayor de edad con la barba
reciente de los catorce,
ya dispuesto a tomar armas.

En mil y cien y setenta,
Cortes de Burgos proclaman
la mayoría del rey.
E inglesa niña lo casan.

Leonor Plantagenet
es el nombre de la dama,
con el reyecito Alfonso
ambos dos se cruzan cartas.

A fines de ese mismo año,
hay ceremonia tan blanca
que, si años catorce él tiene,
con diez la reina contaba.

Él, de su villa de Atienza,
a la niña bien le hablaba,
y ambos los dos, rey y reina,
muchas veces visitaran.

-¿Ves, Leonor, esa peña
sobre una roca encantada,
con un castillo roquero
que cual barco boga y habla?

Esa torre de homenaje
proa es buscando agua
y cuando yo era muy niño
esa torre me guardaba.

Han salido a recibirlos
recueros en cabalgada;
en su honor, junto a la ermita,
hacen que cruzan sus varas.

Correrías por el campo
al galope arrieros trazan,
y están sonando en Atienza,
a gran sonar, las campanas.

Halcones les han soltado
de lo alto de las murallas,
que meteoros alados
haya también en las danzas.

¡Ya han salido en pos del campo!

Oh, Tú, Señor poderoso,
Padre que en el cielo estás,
que hiciste el cielo y la tierra
y al tercero hiciste el mar,

ya que esta historia en Atienza
está a punto de acabar
dame a probar la ventura
que la pueda rematar.

Porque en los hechos no fuese
nada aún lo relatado,
si por ellos hoy no hubiese
gente montada a caballo.

Que cofradía aún hoy
los conmemora cada año
-Pentecostés, el domingo-
aquellos hechos lejanos.

Ya se abocan los festejos,
como abocan los caballos,
ya se abocan los festejos
a los novecientos años.

Caballada es de atencinos,
sólo cofrades hermanos,
según viejas Ordenanzas
lo tienen reglamentado.

Sancionadas por el rey,
por el propio Alfonso Octavo,
que dentro de Caballada
solo cabalguen hermanos.

Y que ni él mismo pudiese,
noble, hidalgo, juez o mando
cabalgar en aquel día,
salvo que fuese invitado.

Cofradía más antigua
-por documento probado-
civil de España. ¡Las calles
de Atienza ya está bajando!

Siete tortillas comieron
la tarde del día sábado,
en recuerdo de los siete
días en que cabalgaron.

Y en la ermita de la Virgen,
de dulzaina acompañados,
bailes de las Ordenanzas
son bailes que ya han danzado.

De oscura capa cubiertos,
de camisa blanca honrados,
sombrero alto en la cabeza
y en los pies, negros zapatos.

¡Ya van por las plazas quietas,
ya cruzan los gruesos arcos,
ya bajan las calles curvas...!
¡Ya han salido en pos del campo!

Pertenecen a la historia
aun corriendo hoy a caballo
y galopan bajo soles
o plateados relámpagos.

Quienes cruzaron montañas
llevando a Alfonso Octavo,
no tienen hoy horizonte
que no tiemble bajo cascos.

Es el documento vivo
que en Atienza, el alcor alto,
y en Guadalajara anuncia
que está llegando el verano.

Ofrenda

Gracias, Señor poderoso,
Padre que en el cielo estás,
que hiciste el cielo y la tierra
y al tercero hiciste el mar.

Gracias a ti de buen grado,
por permitirme cantar
esta historia que he contado
de estremeciente lugar.

Las peñas cortan relámpagos.
Luego se dan a albergar
citas de reyes casados
y rocas con tajamar,

y de arrieros que a caballo
salen cada año a trotar.
Como juglar castellano
pongo aquí el punto final.

Coda

Pero antes de terminar
esta historia de caballos,
de reyecitos y reinas,
de cabriolas y de un barco,

que está encima de la tierra,
erguido sobre un peñasco,
al que los soles limón
en zumo dan con sus rayos,

y junto al que centinelas
son amarillos topacios,
mientras esperan a Alfonso
las tropas del rey Fernando,

decir quiero este galope
de versos que voy rimando,
racimos de mediodías,
mi corazón a pedazos,

hojas de puro rocío,
colgados en el recio árbol
de mi tuétano sediento
de la historia que a pedazos

he venido a relatar
y aún estoy relatando,
historia llena de hazañas,
ambición, treta y caballos.

Muchas veces en la tierra
que mía tierra es a lo ancho,
me puse a considerar
cabalgata de caballos

entre el pico alto del Águila,
tres kilómetros al cabo
allá de Guadalajara,
segunda edición por campo

y calles se celebrara.
Ni es el recorrido largo
ni día que golpeara
otro son  que el de los cascos

corriendo entre la mañana.
Carrera sean sus trancos
por las cuestas y las plazas.
De galopes mejor marco

calles de Guadalajara.
Si por la ciudad los pasos
de los caballos viajaran
no habría asueto tamaño

en ningún lugar de España.
Y se quedasen pasmados
turistas, viajeros, caras
de gente que todo el año

fiestas tales aguardaran
para cubrir en los fastos
cada una y todas las vallas
por donde equinos pasaran.

Este es el último tranco
de mi verso, que a ti mana,
y que por ti haya manado
mi tierra, Guadalajara.

Del libro en preparación "Castilla, este canto es tu canto"

Copyright © Juan Pablo Mañueco Martínez
Derechos de reproducción reservados

Juan Pablo Mañueco
(Madrid, 1954)

Licenciado en Filosofía y Letras, periodista y escritor