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Zona de Socios

Contra el rencor de Ramón Cotarelo hacia Castilla

 

Desde la Asociación socio-cultural Castilla querríamos empeñar unas palabras en contra de los anacronismos históricos y las supercherías xenófobas del nacionalismo catalán. Aprovechan las mancas descripciones de Ramón Cotarelo sobre nuestra amada tierra de Castilla, pero hablan frente a todos los vilipendios del catalanismo contra el resto de España (especialmente contra Castilla).

 

Ha sido común en la literatura de algunos nacionalismos españoles usar en sus retóricas un chivo expiatorio al que cargar los males, acaecidos en el proceso de constitución de un Estado liberal, que al parecer se cernían sobre su tierra. Este papel literario lo desempeñó en sus discursos nuestra querida Castilla, ¡parece que a los castellanos siempre nos toca bailar con la más fea!

 

En muchos de estos relatos nacionalistas opuestos al nacionalismo decimonónico español, al defenderse la condición postiza de la unidad española (en realidad, aglomerado de naciones, a veces puras; sin mezclas culturales o raciales ni uniones políticas, más que por la fuerza), había que darle el guión de potencia acaparadora, represiva, a alguno de los agentes históricos para explicar la Historia de España, sambenito colgado a Castilla en estas literaturas, sobre todo en la catalanista.

 

A estas peregrinas tesis recreacionistas de la Historia acompañaba la imperiosidad de presentar una cultura especial y propia, que se pretendía como dotada de particularidades inconfundibles, plenamente reconocible y distinguible de las otras, y, además, de condición superior (tesis que implican el anacronismo de una multitud naciones preestatales al estilo moderno, post Revolución francesa, en la Península Ibérica: con unicidad territorial, lingüística y cultural). A esta tesis le seguían también los epítetos que habían de acompañar a la unidad histórico-política que había tratado de obnubilar esas culturas. Castilla, entonces, eran los brutos, los cabreros, los charnegos, los destripaterrones, aquellos bárbaros más burros que un arado, a quienes la falta de inteligencia y su amorfidad cultural les dejaba como único recurso de dominación la fuerza, y cuyo envidioso oscurantismo empujaba a borrar cualquier rastro de cultura y de diferencia ajeno, hasta refundir a los otros pueblos, como ya lo era el castellano, en una mediocre y mesetaria imbecilidad.

 

A nadie se le escapa ya la contradicción esquizofrénica que habita en esta visión de la Historia de España y de los pueblos que la hollan, más allá de que la verdad histórica repulse como falso este relato: ¿Venció Roma o los galos? ¿El Imperio macedónico o las tierras que fueron luego Alejandrías? ¿Vencieron los fenicios, que poblaron Cartago y su república, o los habitantes anteriores? Nuestra visión de la Historia y la unidad de España, realmente existente, la cual no nos cabe exponer aquí, no tiene nada que ver con el delirio que fabulan los nacionalismos fragmentaristas. Si lo diésemos por supuesto, toda la Historia Universal habla en contra de que pudiese suceder algo así: que un pueblo de salvajes, sin cultura, pueda domeñar a una civilización a través de un proceso de vaciado cultural y someterlos por largo tiempo, sin otro proyecto político que una estulta sujección a la ignorancia y a la inanidad. En los casos mencionados arriba (Roma o Alejandro, por ejemplo), triunfaron sobre sus pueblos rivales no por superioridad bélica, por mera fuerza, sino por ser capaces de incorporarlos junto con sus pueblos en una unidad mayor. Para lo que, se apoyaron en una sutileza cultural sin par, que sobrepujaba a la de los pueblos rivales; por ejemplo, estaban en la perspectiva de poder asumir innovaciones culturales de éstos y engrosar una cultura que comenzaba a ser común (por cierto, que es el origen del legado cultural de Occidente).

 

Así, la Historia demuestra en su andadura lo falaz de la visión del independentismo. Castilla es una unidad histórico-política que se constituye como condado, luego como reino y finalmente funda una Corona, que se hermanará con la de León. Un pueblo capaz de desarrollar estas formas políticas y de trabar relación con sus pueblos vecinos y hermanos de manera tan diversa y profunda, no parece una mera banda de iletrados salidos con lo puesto de una cueva en la Peña Amaya. Castilla, sus albores en la Bardulia, es mentada en documentos en el temprano año 800 d.C.

 

Poco después, tendrá el honor de poner el origen del primer municipio español de nuestros días, Brañosera, por su carta puebla, precedente del derecho foral y de todo el hispánico, y primer paso de todo el orden municipal peninsular. No realizaremos aquí una colección de anécdotas históricas: referiremos datos que señalan realidades estructurales materiales, apreciables en la Historia, que desmienten el mito de que Castilla no tuvo cultura. Castilla fue cultísima: las tempranas glosas silenses y emilianenses, allá por los ss.X-XI, recogen los primeros pasos en la constitución de una de las más tempranas lenguas romances, europeas y peninsulares, que se ha definido como una de las más importantes a día de hoy a nivel mundial (que hablan 500 milones de personas), a la par con el inglés, con el mandarín y con el portugués.

 

Estas glosas aluden a otra realidad estructural fundadora de riqueza cultural: la red de monasterios precedentes de las universidades, como la de Palencia (1212) o la de Valladolid (1247), pioneras de toda una herencia de alta cultura y avanzados estudios (de las primeras de Europa) que tendría su apogeo con la de Alcalá. Ésta, junto con Salamanca, contribuyó de modo importantísimo a la escuela hispana, no sólo con la afamada neoscolástica, sino con todo un arsenal de estudios técnicos y científicos (con los que se demostró, entre otras cosas, la circularidad del orbe, y que permitieron el desarrollo de unas tecnologías que posibilitaron una Monarquía que se extendía por la mitad del Mundo). Amén de un desarrollo de teoría y técnica jurídicas sin parangón, representado muchas veces por el burgalés Francisco de Vitoria. Nombres como el de Gonzalo de Berceo, o el Arcipreste de Hita, o el toledano Garcilaso, o el madrileño Quevedo, o el albacetense Alonso Carbonel o el también madrileño José de Churriguera, no podían despuntar en un erial cultural.

 

Lo excepcional de sus obras implica una formación intelectual de primer orden, que sólo puede darse en una sociedad con un legado histórico suficiente y potentísimas escuelas donde se atesora, se selecciona críticamente, se desarrolla y se imparte el saber: de la ingeniería a la pintura, de la lírica a la ciencia jurídica, de la náutica a la filosofía más fina (hasta el XIX, las escuelas de filosofía o teología europeas aprendieron ontología con el manual del granadino De Suárez).

 

Para finalizar, como postilla, no querríamos dejar pasar la ocasión para apreciar el absurdo histórico que supone el unicismo sustancialista que propone el catalanismo para su nación y cultura, cuya versión más histriónica es esgrimida hoy por el Institut Nova Història (nueva, pero de verdad). El fragmentarismo catalanista plantea el anacronismo de que pueblo y cultura catalanes conforman una esfera cerrada y perfecta, que se puede remontar casi hasta el Pleistoceno. Cataluña, así, estaría llamada a su esplendor cultural, como un destino manifiesto, desde las primeras bandas de homínidos que poblaron lo que es hoy su territorio. Como tal, a ella pertenecerían las primeras muestras culturales o de progreso en la Hª de España (incluso, en la Hª del continente europeo o, aún, la Hª Occidental, la universal) y las más relevantes de la Humanidad. Un cuento insostenible.

 

Nos gustaría rubricar esta carta, antes que con ningún nombre, con la bandera de Castilla, patria nuestra tan afrentada y olvidada hoy por muchos.